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El gigante de las dunas.

neburfm
13 jun
2 min de lectura

Desde que tengo memoria, he corrido por la misma pradera. (5 o 6 años).


No era una pradera tranquila. El viento moldeaba enormes dunas que subían y bajaban como olas inmóviles, ocultando el horizonte y deformando las distancias. Nunca podía ver demasiado lejos. Cada colina prometía un refugio, pero al cruzarla aparecía otra más alta, y después otra.


Detrás de mí caminaba un gigante.

No conocía su rostro. Apenas distinguía fragmentos de su silueta cuando emergía entre las dunas: un hombro gigantesco, la sombra de una cabeza inclinada, el destello opaco de un inmenso mazo que sostenía con una sola mano.


Cada vez que lo levantaba, la tierra temblaba.

El golpe aplastaba todo a su paso. La hierba desaparecía bajo su fuerza. Las dunas se desmoronaban y el eco de aquel impacto viajaba por la pradera como un trueno interminable.

Yo corría.


Corría con el pecho ardiendo y las piernas pesadas. Corría con la certeza de que, tarde o temprano, aquel gigante me alcanzaría. El miedo era tan real que podía sentirlo respirando sobre mi espalda.


Pero el gigante nunca llegaba.

Por más terreno que devorara con sus pasos colosales, siempre existía una nueva duna entre él y yo. Siempre encontraba fuerzas para seguir avanzando. Siempre había un tramo más por recorrer.


Y entonces despertaba.


Durante años pensé que aquel sueño hablaba de mi fragilidad.

Hoy sospecho algo distinto.


Quizá el gigante representa todos los temores que nos acompañan desde niños: aquello que creemos demasiado grande para enfrentarlo. El futuro. La pérdida. El fracaso. El paso del tiempo.


Pero hay otro detalle que nunca había considerado.


Después de toda una vida persiguiéndome, el gigante jamás me ha alcanzado.

Y tal vez ese sea el verdadero significado del sueño: no la existencia del miedo, sino la prueba silenciosa de que, incluso aterrado, siempre he sabido seguir adelante.



 
 
 

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