Hay sueños que desaparecen al despertar. Este decidió quedarse conmigo toda la vida.
No suelo hablar de mis sueños.
De hecho, son muy pocas las personas que saben que hay dos sueños que me han acompañado desde hace décadas. El primero ya lo compartí: el gigante que me persigue entre las praderas.
Este es el segundo.
Y, si soy sincero, creo que es el más perturbador.
No ocurrió en un lugar desconocido.
Ocurrió en la casa donde crecí.
Podría dibujarla de memoria incluso hoy: la puerta metálica blanca, el pasillo estrecho por el que apenas podían cruzarse dos personas, el pequeño patio, las escaleras al primer piso, las ventanas... Cada rincón sigue intacto en mi memoria.
Quizá por eso el sueño se sentía tan real.
Comienza conmigo dormido en una de las habitaciones de la planta baja.
En mitad de la noche despierto.
A través de la ventana veo pequeñas luces moviéndose de un lado a otro. No permanecen quietas. No parecen linternas. No parecen luciérnagas. Simplemente... están ahí.
Muevo ligeramente la cortina para observar mejor.
Pero ya no hay nada. Solo la oscuridad.
Y una luna tan brillante que iluminaba toda la casa. El silencio era absoluto.
Decido salir.
Camino lentamente hasta el patio donde comienzan las escaleras del primer piso.
Levanto la vista. Primero observo el cielo. Las estrellas. La luna.
Todo parece completamente normal.
Hasta que giro unos centímetros la cabeza.
Entonces lo veo.
Sobre el techo del departamento de arriba.
Inmóvil.
Era una figura enorme.
No podía distinguir su rostro, únicamente su silueta. Era demasiado alta al menos 2 metros, demasiado corpulenta. Permanecía de pie observándome, con las rodillas ligeramente flexionadas, como si estuviera esperando.
No hacía nada.
Solo me miraba.
Y, sin embargo, jamás en mi vida había sentido un miedo igual.
Era un terror tan intenso que incluso hoy me cuesta describirlo.
Podía sentir mi respiración acelerarse.
Mi pecho oprimido.
Recuerdo pensar que, si aquella cosa saltaba desde donde estaba, no tendría tiempo para correr.
La salida quedaba demasiado lejos.
Entonces hice algo que nunca habría imaginado.
Le grité.
"¡Si tienes valor, baja!"
No sé por qué lo hice.
Tal vez porque el miedo, cuando ya no cabe dentro del cuerpo, termina convirtiéndose en desafío.
Y entonces ocurrió.
Aquella figura dobló las rodillas.
Levantó los brazos.
Se impulsó hacia adelante.
Y cayó frente a mí.
No corrió.
No gritó.
No me atacó.
Simplemente se incorporó lentamente hasta quedar completamente erguido.
Era inmenso.
Recuerdo escuchar únicamente su respiración y visualizar que aquello no era humano.
Una respiración profunda.
Pesada.
Llena de una furia que podía sentirse sin necesidad de verle el rostro.
Y justo cuando comprendí que estaba frente a algo imposible...
Desperté.
Abrí los ojos sobresaltado.
Mi corazón seguía latiendo como si realmente hubiera estado allí.
Lo primero que hice fue despertar a mi esposa para contarle lo que acababa de vivir.
Han pasado años.
Y todavía puedo recorrer esa casa en mi memoria exactamente igual que aquella noche.
No sé qué significa ese sueño.
Quizá no signifique nada.
O quizá todos cargamos con lugares, recuerdos o miedos que permanecen dormidos durante años, esperando el momento de volver a mirarnos desde algún techo.
Lo único que sé es que, después de despertar, durante varios minutos seguía sintiendo que aquella respiración... seguía muy cerca de mí.
¿Alguna vez han tenido un sueño tan real que, al despertar, una parte de ustedes seguía convencida de que realmente ocurrió?



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