La noche en que la que el tablero respondió.
Crecí en los años 90.
Una época sin Google, sin YouTube y sin un teléfono en la mano para comprobar inmediatamente si algo era verdad o mentira.
Las historias simplemente circulaban.
Y había una que siempre me había provocado curiosidad.
La Ouija.
Ese extraño tablero lleno de letras y números que, según decían, podía responder preguntas mientras una pequeña tablilla se desplazaba aparentemente sola.
Yo tenía una duda bastante sencilla:
¿Realmente se mueve?
Así que un día decidí averiguarlo.
Tenía un pequeño espacio dentro de mi casa donde guardaba mis cosas y podía tener algo de privacidad.
Saqué el tablero de su caja.
Lo coloqué frente a mí.
Puse los dedos sobre la tablilla y pregunté:
—¿Hay alguien aquí que quiera conversar?
Nada.
Ni espíritus.
Ni muertos.
Ni siquiera una tablilla con ganas de cooperar.
Absolutamente nada.
Mi primer experimento paranormal había resultado bastante decepcionante.
Pero decidí intentarlo nuevamente.
Esta vez cerré los ojos.
Me concentré.
Y repetí seriamente la pregunta:
—¿Hay alguien aquí que quiera conversar?
Esperé.
Entonces...
la tablilla comenzó a moverse.
Lentamente.
Hasta detenerse sobre una palabra.
SÍ.
Abrí los ojos.
Y guardé todo.
Mi valentía adolescente tenía límites bastante bien definidos.
Aquella noche no volví a tocarla.
Pero al día siguiente ocurrió algo curioso.
No podía dejar de pensar en ello.
¿Cómo se había movido?
¿La había empujado yo sin darme cuenta?
¿Había sido sugestión?
¿O realmente había ocurrido algo que no podía explicar?
La curiosidad terminó ganándole al miedo.
Esa noche volví a sacar el tablero.
Estaba completamente solo.
Puse nuevamente las manos sobre la tablilla.
Cerré los ojos.
—¿Hay alguien conmigo que quiera conversar?
Esta vez no tuve que esperar.
SÍ.
Entonces hice una pregunta que probablemente nunca debí hacer.
—¿Dónde estás?
Las letras comenzaron a aparecer una detrás de otra.
La respuesta indicaba que estaba...
detrás de mí.
Y después añadió algo todavía peor:
decía que estaba moviendo mis brazos.
No volteé.
Ni siquiera lo intenté.
Hay momentos en la vida en los que descubrir la verdad deja de parecer tan importante.
A partir de entonces comencé a hacerle preguntas.
Nombres.
Fechas.
Pequeñas adivinanzas.
Preguntas que se me ocurrían en ese momento.
Algunas veces respondía.
Otras, simplemente permanecía inmóvil.
Lo inquietante era que ciertas respuestas tenían sentido. Eran coherentes. Algunas incluso me parecían demasiado elaboradas para aceptar fácilmente que yo mismo las estuviera construyendo.
Pero entonces ocurrió algo que terminó con el experimento.
Una noche estaba nuevamente solo en casa.
Me encontraba sentado con el tablero en una habitación ubicada aproximadamente a cuatro o cinco metros del comedor.
Para llegar hasta mí había que recorrer un pequeño pasillo y una curva.
Sobre la mesa del comedor había varias naranjas.
Estaban aproximadamente a la mitad de la mesa.
Comencé a hacer preguntas.
Y entonces escuché algo.
Primero...
el sonido de algo desplazándose sobre la mesa.
Después...
un golpe contra el piso.
Me quedé inmóvil.
Era una naranja.
Pero aquello no terminó ahí.
La escuché rodar por el suelo.
Atravesó el comedor.
Continuó por el pequeño recorrido que llevaba hasta la habitación...
y terminó llegando prácticamente hasta donde yo estaba sentado.
No necesité ninguna otra demostración.
Guardé el tablero.
Esta vez había tenido suficiente.
Decidí regalarlo.
Y aquí comienza la última parte extraña de esta historia.
Cada vez que intentaba deshacerme de aquella Ouija...
regresaba.
Se la daba a alguien.
Pasaban algunos días.
Y por alguna razón terminaban devolviéndomela.
Ocurrió varias veces durante algunas semanas.
Hasta que finalmente se la quedó un primo.
Nunca supe qué hizo con ella.
Nunca pregunté.
Y, sinceramente, tampoco tenía demasiado interés en averiguarlo.
La Ouija nunca regresó.
Han pasado décadas desde entonces.
Hoy conozco explicaciones como el efecto ideomotor, según el cual podemos producir pequeños movimientos musculares de manera inconsciente y sentir genuinamente que un objeto se está desplazando por sí mismo.
Quizá eso explique la tablilla.
La sugestión podría explicar muchas otras cosas.
Pero todavía hay una escena para la que mi memoria no ha encontrado una explicación satisfactoria.
Aquella naranja.
El sonido sobre la mesa.
El golpe contra el piso.
Y después...
escucharla rodar hasta llegar a mí.
No puedo demostrar qué ocurrió aquella noche.
Tampoco puedo asegurar que hubiera "alguien" respondiendo mis preguntas.
Solo puedo contar lo que recuerdo haber vivido.
Y quizá eso sea precisamente lo que hace que algunas experiencias permanezcan con nosotros durante toda la vida:
no aquello que sabemos que ocurrió... sino aquello para lo que nunca encontramos una respuesta.



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